Antes de las vacaciones de Navidad, el estudio abrió sus puertas a un desayuno creativo muy especial. La invitada fue Mariela Apollonio, fotógrafa de arquitectura que colabora con el estudio desde hace más de una década y cuya mirada ha sido decisiva en la manera en que muchos proyectos han sido comprendidos, reconocidos y recordados. Su trabajo no se limita a documentar la arquitectura: la interpreta, la construye visualmente y la dota de un carácter propio que ha terminado por formar parte del imaginario del estudio.
Construir imágenes para entender la arquitectura
Mariela Apollonio no se define como fotógrafa, sino como constructora de imágenes. Su aproximación parte siempre de una pregunta esencial: qué se quiere representar. Antes de accionar el disparador existe una fase profunda de análisis y planificación. La elaboración de un storyboard, el estudio del timing, la observación precisa de los recorridos solares y la comprensión del espacio forman parte de una preparación absoluta, casi arquitectónica, en la que la imagen es el resultado de un proceso consciente y meditado.
Durante el encuentro, Mariela compartió un gesto especialmente revelador: trajo consigo su primera cámara. Se trataba de una cámara analógica de gran formato, con chasis para fotolitos de gran tamaño, que obligaba a trabajar con una lentitud y una precisión hoy poco habituales. Al mirar a través del visor —un cristal esmerilado situado en la parte posterior— la imagen aparecía invertida, tanto vertical como horizontalmente. Este hecho, lejos de ser una dificultad, exigía un ejercicio de abstracción y de comprensión espacial que entrenaba la mirada y educaba la composición. Aquella cámara explicaba, por sí sola, el origen de una forma de mirar basada en la reflexión, la espera y la decisión consciente.
La memoria de los espacios
Esa formación analógica fue determinante. La limitación técnica obligaba a pensar cada imagen, a anticipar el resultado y a asumir que cada disparo tenía un peso específico. Hoy, con la tecnología digital y un amplio bagaje profesional, esa base le permite una mayor capacidad de reacción sin perder profundidad ni intención. Con el paso del tiempo, al revisar sus fotografías, Mariela reconoce algo más que imágenes: recuerda haber sentido cada casa y cada proyecto. La fotografía se convierte así en memoria construida.
Entre identidad y representación
Para ella, la clave está en no renunciar nunca a la propia identidad. Cuando la imagen pierde esa honestidad, se vuelve previsible y vacía. Al mismo tiempo, existe una tensión constante: la fotografía no puede ser excesivamente autoral y debe representar fielmente el trabajo del estudio. Ese equilibrio es uno de los grandes desafíos de la fotografía de arquitectura contemporánea y, también, uno de los aspectos más enriquecedores del diálogo con el arquitecto.
Recuperar lo humano
En un contexto saturado de renders que aspiran a parecer fotografías, Mariela reivindica la diferencia esencial entre representación y arquitectura construida. La sobreestimación de las imágenes digitales genera idealizaciones que alejan de la experiencia real del espacio y provocan insatisfacción. Frente a ello, defiende una fotografía que inspire, que no sea evidente y que devuelva lo inesperado. Porque, en última instancia, solo cuando la imagen tiene alma es capaz de transmitir, sin artificios, la verdadera esencia de la arquitectura.