Villa en Milazzo nace en el borde mismo del Mediterráneo, sobre una gran plataforma cuyo borde conforma un acantilado que arranca del mar. La separación respecto a la línea de costa se resuelve como una transición: de mar, playa, bosque de pinos y campo de olivos, un recorrido de acceso que introduce el paisaje de forma gradual y genera un primer ámbito de calma antes de llegar a la vivienda.
Estos olivos arropan todo el proyecto y son la base sobre las que emergen las terrazas. La casa se posa entre los árboles con respeto, sin alterar su escala ni imponer un trazado ajeno. Los olivos organizan el entorno inmediato y filtran las vistas hacia el azul. El jardín se apoya en lo cercano y lo verdadero —vegetación autóctona, frutales, sombras naturales— y traza una intimidad discreta: una barrera verde que protege, acompaña y guía el recorrido.
La llegada
El acceso a la villa se produce por la parte posterior de la parcela. Se conserva un muro y una fachada preexistente, integrándolos en el jardín como elementos del límite y de la entrada. Ese primer plano actúa como umbral y marca el inicio del recorrido.
El camino discurre entre frutales y zonas de sombra hasta que aparece la villa. La casa se compone de varios volúmenes enlazados que concentran el programa y funcionan como filtro entre la llegada y el paisaje. Al cruzarlos, la vista se abre hacia el mar y hacia el olivar, con el horizonte como fondo principal.
Implantación y concepto
El proyecto se organiza a partir de tres volúmenes principales: la vivienda principal, un módulo de invitados y un volumen de servicio. Aunque funcionalmente independientes, se conciben como un conjunto unitario, evitando la fragmentación y la dispersión de huellas en el terreno.
Los volúmenes se disponen formando una geometría en C que configura un jardín protegido para la vivienda principal y da la espalda a las áreas de servicio. Esta disposición permite orientar la casa hacia las mejores vistas, enmarcando el paisaje y la silueta de unas islas que se recortan al fondo. La posición del volumen principal responde de manera precisa a la búsqueda de estas vistas, mientras que el módulo de invitados actúa como pieza intermedia dentro del conjunto.
Las conexiones entre los volúmenes se realizan mediante pérgolas de madera que generan un recorrido continuo, articulan los espacios exteriores y crean zonas de sombra que protegen del sol, reforzando la experiencia de transición entre interior y exterior.








Materialidad y expresión exterior
La materialidad exterior busca una integración directa con el paisaje y la arquitectura vernácula de la isla. Los muros se construyen con mampostería local de tonos grisáceos y oscuros, aplicada principalmente en los planos verticales y perpendiculares al mar. Estos muros se interrumpen mediante forjados de hormigón visto, de color natural, que aportan ligereza visual y enfatizan la horizontalidad del conjunto.
Las pérgolas de madera prolongan los forjados hacia el exterior, generando espacios intermedios de sombra y continuidad que conectan los distintos volúmenes y refuerzan la relación con el paisaje.
Espacios interiores
En el interior, la mampostería continúa formando parte del lenguaje arquitectónico, penetrando en los espacios principales, especialmente en la zona de estar. Rodeado por grandes superficies acristaladas, este espacio difumina los límites entre interior y exterior y refuerza la sensación de estar integrado en el paisaje.
La materialidad interior se completa con madera de nogal, pavimentos continuos y la presencia puntual de hierro en tonos tabaco oscuro. En los dormitorios, los suelos de madera aportan mayor calidez, mientras que las paredes se pintan en un tono próximo al del hormigón visto, unificando el conjunto. Los baños se conciben como piezas de carácter monolítico, revestidas en piedra natural.
La vivienda incorpora una cocina exterior equipada con barbacoa y cerramientos correderos, que permiten abrir o cerrar el espacio según las condiciones climáticas, ampliando su uso a lo largo del año y facilitando el control del viento de levante.













Organización y recorridos
La villa se desarrolla en tres niveles. La planta baja alberga las estancias de día y los espacios de relación con el exterior. La planta primera acoge las estancias de noche y un estudio que se proyecta hacia el paisaje, ofreciendo vistas de 180 grados sobre la parcela, el mar y las islas. El sótano concentra los espacios complementarios vinculados al bienestar y al funcionamiento de la vivienda, como la zona de spa, gimnasio, vestuarios, lavandería, áreas de almacenamiento y garaje.
Una pieza singular articula la circulación vertical: una caja de madera situada en el núcleo de acceso que recorre las tres plantas y se diferencia claramente de los muros de piedra, convirtiéndose en un elemento identitario del proyecto. En el mobiliario, el uso de vidrio texturizado aporta una dimensión más artesanal y matérica al conjunto.
Una arquitectura integrada
Villa en Milazzo se concibe como una arquitectura silenciosa, profundamente vinculada al paisaje que la rodea. El proyecto utiliza la materia, la escala y la luz para reforzar la relación entre la vivienda, el bosque de olivos y el mar, construyendo una experiencia basada en el recorrido, la sombra y la continuidad entre espacios. La arquitectura actúa como mediadora entre el territorio y la vida cotidiana, ofreciendo una manera de habitar que combina intimidad, apertura y conexión con el horizonte.
Arquitecto
Ramón Esteve
Arquitectas Colaboradoras
María Martí
Patricia Sancho
Ana Príncipe
María Luna
María Parra
Arquitectos Técnicos
Emilio Pérez
Lucía Romero
Imagen
Tudi Soriano
Guido Bolognini
Arquitecta Local
Giuseppina Vinci
Ingeniería
Illumina Ingegneria
Pieza de Música
Postdata Sound Studio